Ya llegó la vuelta al cole (y quien dice la vuelta al cole dice al trabajo, la universidad o a ver anuncios de coleccionables en la tele). La cuestión es que se vuelve a esa rutina que, durante el verano, dicen que hasta se puede llegar hasta a echar de menos.

Y aunque es en enero cuando se hacen las promesas de año nuevo, las grandes promesas de cambio y compromiso se hacen en septiembre y octubre: son “las promesas de comienzo de curso”:

chica aerobic ochentera

Te crees Eva Nasarre, pero pareces la Terremoto de Alcorcón

La reina de todas ellas es la de ponerse en forma, porque la verdadera operación bikini comienza ahora y no en junio. En junio no da tiempo a nada, te quitas la camiseta por primera vez en la playa y te das cuenta de que ya es tarde. Además, ahora en septiembre, el verano ha hecho de las suyas: los chiringuitos, comer fuera, los viajes… Todo sumado te lleva, inevitablemente, a prometerte a ti mismo: “me voy a apuntar al gimnasio”.

¡Me apunto al gimnasio!

Pero, aunque no es lo mismo decirlo que hacerlo, la fe mueve montañas. Por eso, te llenas de valor para buscar en el armario tu camiseta con Cobi disfrazado de batido de fresa (es rara, sin duda, pero hace 20 años te encantaba y por eso la guardas). Rebuscas un poco más y das con un chándal con cremalleras en las pantorrillas (¿qué sentido tenían?) y un pantalón corto de cuando Di Stéfano era alevín. No pasa nada, ¡valor!

Por si fuera poco, antes de salir de casa se te enciende una lucecita, se te nubla el sentido del ridículo, y un sexto sentido te lleva hasta el último cajón de la cómoda para desempolvar unos calentadores fluorescentes. Menos mal que este año están de moda… ¡Los colores flúor, no los calentadores!

Y por fin, con todo listo, te diriges al gimnasio con los pulmones llenos de buenas intenciones y los músculos oxidados pero dispuestos a llegar a las próximas olimpiadas. Entras en el gimnasio, el orgullo y la satisfacción te corre por las venas (como en el discurso de Navidad), sientes que la gente te mira y eso te da más fuerzas. Hueles esa fragancia peculiar “Eau de Gym” mezcla de cloro y humanidad. Firmas la matrícula de inscripción imaginándote a las cámaras de la prensa inmortalizando el momento; coges tu nueva tarjeta, te diriges al torno y… ¡Piiiiiiiiii!

- Disculpe, señorita, ¿por qué no puedo entrar?

- Porque todavía no se ha confirmado la matrícula, vuelve a partir de mañana.

Entonces sales de allí vestido de David Bowie en los 70 pero con el orgullo intacto, no es mala suerte, es un paso más para demostrar tu tesón y volver mañana para cumplir esa promesa. Aunque… pensandolo mejor… Lo importante es sentirse bien con uno mismo y, además, la promesa está cumplida, era “apuntarse al gimnasio”, no decía nada de ir todos los días…